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El Señor da la riqueza y la pobreza; humilla pero también enaltece. Por Carlos Astorga
El libro de Ruth cuenta una historia que se ubica en el año 1380 A. C. En Israel era la época en que gobernaban los Jueces. Fue un tiempo en que los israelitas “hicieron lo malo a los ojos de Jehová y sirvieron a los baales. Dejaron a Jehová el Dios de sus padres (Jueces 2.11,12), “cada quien hacía lo que mejor le parecía” (Jueces 17.6; 21.25). Por lo tanto, Dios les castigó con diferentes juicios. Uno de ellos fue una hambruna que llevó a las familias a buscar desesperadamente qué hacer para sobrevivir.
Una de tantas familias, la de Elimeléc, decide probar fortuna en la región de Moab, 60 Km al sur y al oriente del Mar Muerto. El, su esposa Noemí y sus dos hijos, Majlón y Quilión emigran de Belén a Moab. Esta ciudad había sido fundada por Moab hijo del incesto entre Lot y su hija mayor (Génesis 19.35-38), después de que salieron de Sodoma y Gomorra. La sociedad moabita era una sociedad pagana que adoraba a Baal. (Números 25.) También era antagónica a Israel, porque en tiempos de Josué impidieron el paso a los israelitas cuando estaban llegando a la tierra prometida y por su oposición Josué los sometió a Israel. Ahora en Moab había comida y en Israel no, ¡qué paradójico!
Las cosas salieron mal para esta familia En poco más de 10 años Elimeléc muere, Noemí se queda en Moab y casa a sus hijos con señoritas de esa nación, pero al poco tiempo mueren también sus hijos “quedando así la mujer Viuda y sin hijos” Rut 1.5, desamparada” al igual que sus nueras Orfa y Rut. Noemí seria una mujer como de unos 50 años, con una gran pena en su corazón por la soledad; ¡Cuánta inseguridad sentiría sin sus hombres! (1:9) Cuánto desamparo sentiría en esos momentos. Cuanta amargura, cuánto temor la embargaría al no saber qué hacer en medio de una sociedad pagana y sin duda teniendo que dejar los pocos o muchos bienes que habrían acumulado. En medio de toda esta gran penuria escucha que El Señor había acudido en ayuda de su pueblo y le había provisto de alimento (Ruth 1.6b), y decide regresar a su natal Belén. Los versículos que más reflejan el sentir de su corazón son Rut 1:20-21, cuando al llegar a Belén responde al saludo de los lugareños pidiéndoles que no la llamen Noemí (que significa placentera o dulce), sino Mara (que significa amarga): “Porque el Todopoderoso ha colmado mi vida de amargura. Me fui con las manos llenas pero el Señor me ha hecho volver sin nada. ¿Por qué me llaman Noemí si me ha afligido el Señor, si me ha hecho desdichada el Todopoderoso?”. Sin embargo, en su regreso la acompaña Ruth, quien a pesar de la insistencia de Noemí a sus dos nueras de que regresaran a casa de sus padres, en una conmovedora declaración de fe y solidaridad determina seguir a Jehová, “tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios será mi Dios.”
Dios estaba allí todo el tiempo Lo asombroso es que Dios estuvo con Nohemí todo el tiempo, Dios la guardó en medio de la hambruna, cuando uno de sus hijos se casó con Ruth, cuando la regresó a Belén, cuando Rut fue a espigar en un campo perteneciente a Booz; cuando éste se fijó en ella,y la trató con mucho cariño y favor; cuando Booz quiso redimir la heredad de Noemí, cuando el pariente más cercano rechazó su derecho de redimir, cuando Rut es tomada como esposa por Booz. ¡Cuánta seguridad halló en Booz y en Rut, cuánta bendición en el hijito que les nació, Obed, quien vino a ser la provisión en su vejez y además… ¡el abuelo del Rey David!.
Nuestro Dios soberano y maravilloso Redentor El epílogo es claro: El favor de Dios estuvo con ella, y cumplió su propósito en ella: Rut 4:14. Las mujeres le decían a Noemí: «¡Alabado sea el Señor, que no te ha dejado hoy sin un redentor! ¡Que llegue a tener renombre en Israel! 15 Este niño renovará tu *vida y te sustentará en la vejez, porque lo ha dado a luz tu nuera, que te ama y es para ti mejor que siete hijos.» 16 Noemí tomó al niño, lo puso en su regazo y se encargó de criarlo. 17 Las vecinas decían: «¡Noemí ha tenido un hijo!» Y lo llamaron Obed. Éste fue el padre de Isaí, padre de David.
En Cristo siempre somos beneficiados. Así podemos ver el favor de Dios por nosotros, él está allí y nos manda que no temamos, que confiemos, porque todo está en sus manos. Nosotros al estar en Cristo, de cualquier forma somos ricos. Como lo declaró otra mujer piadosa, Ana la mamá de Samuel, en su oración: “Del Señor vienen la muerte y la vida; él nos hace bajar al sepulcro, pero también nos levanta. El Señor da la riqueza y la pobreza; humilla pero también enaltece. Levanta del polvo al desvalido y saca del basurero al pobre para sentarlos en medio de príncipes y darles un trono esplendoroso.” Alabemos a nuestro Dios porque él está en control de todas las cosas, y enseñemos a nuestros hijos esta realidad.
Nota: Todos los textos están sacados de la NVI
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